“Los huaqueros”, de Julio Ramón Ribeyro
Poco después de medianoche, el mulato Tobías y su compadre Filiberto salieron de sus casuchas y se adentraron en los solares de Santa Cruz. Cada uno llevaba sobre la espalda un saco lleno de herramientas. Una vez que la noche se hizo cerrada, caminaron agachados, camuflándose tras las paredes y los arbustos espinosos donde cantaban los grillos. Detrás de ellos soplaba una brisa fresca cargada de recuerdos y rumores marinos. Adelante solo veían el contorno de la huaca Juliana que se destacaba bajo las pálidas luces de Miraflores. —Entonces, ¿con qué crees que don Valeriano se ha hecho construir su quinta? —murmuraba Tobías—. Según las malas lenguas, con un tesoro escondido. Es la pura verdad, viejo. Además, he visto los aretes que le ha regalado a su mujer, esa que tiene la cara picada de viruela. A medida que se acercaban a la huaca, se volvían más suspicaces. Había casas en los alrededores desde donde podían verlos y una pista por la que pasaban taxis rezagados. Cuando la vía est…