"El caudillo" de Julio Ramón Ribeyro

"El caudillo" de Julio Ramón Ribeyro
Cuando el chofer, reapareciendo con los brazos engrasados, dijo que la única solución era empujar el ómnibus, nadie se movió de su asiento. Cada cual esperaba, sin duda, que su vecino se levantara, pero, como el vecino pensaba lo mismo, reinó la más completa inmovilidad. Comenzaron, entonces, a lanzarse miradas oblicuas que eran una invitación y, a veces, hasta una orden. Pero el sol ardía implacable. Cayendo sobre los arenales se aplastaba en todas direcciones con una luz espesa que parecía humear. —¿Cómo? —preguntó el chofer—. ¿Nadie se anima? ¡Entonces nos vamos a quedar botados en este lugar! Ustedes saben que por aquí pasan muy rara vez dos carros… Pero esta arenga, lejos de persuadir a los pasajeros, los invitó a seguir observando el interior del vehículo, buscando una víctima propicia. En el último asiento había un mocetón en mangas de camisa, con unos poderosos bíceps de herrero, leyendo despreocupadamente su periódico. Todos repararon en él y sin previo concierto calcularon que…