"Agua ramera", de Julio Ramón Ribeyro
—«El cielo nublado desenvaina su espada de fuego y cercena la copa del árbol, que cae rota a mis pies». Lorenzo y yo nos paseábamos por el parque, siguiendo una avenida de olmos que parecía llevar a un estanque. Corría viento y gotas de una tormenta cercana nos golpeaban por momentos la cara. Lorenzo iba un paso más adelante, volteando la cabeza para hablar o deteniéndose cada cierto tiempo para cogerme del brazo y obligarme a escucharlo con mayor atención. De este modo la avenida de olmos se hacía interminable, el estanque inaccesible y la llovizna terminó por convertirse en un verdadero chubasco. —«Y el trueno, como un odre apuñalado, como el tambor mayor de una banda de provincia, desgarra el himen del silencio». Muchas otras figuras compuso Lorenzo antes de que pudiéramos llegar al estanque. Este era ovalado, estaba lleno de agua turbia y musgosa, flotaban hojas secas en su superficie. En su borde había una pérgola minúscula en la que nos guarecimos de la borrasca. —«¡Agua sucia, agua …