"Te querré eternamente", de Julio Ramón Ribeyro
A fuerza de recorrerlo, el mar había ido perdiendo para mí su poder mitológico. Cuando me inicié en estas travesías creía ver por codo sitio sirenas y tritones. Algunas noches de solitaria borda me pareció distinguir también a flor de agua, bajo la leche lunar, alguna de esas serpientes marinas que solo atisban, locos de alcohol algunos de esos ya embrutecidos lobos de mar que rondan por muelles y tabernas. Pero ahora, en mi cuarto viaje, el mar me aburría, me parecía exento de misterio, excesivo, agua sumada al agua, mineral pozo líquido conteniendo acorazados hundidos -ni siquiera bellos galeones- y carroñas verdosas de infantes de la Marina. Los argonautas de la antiguedad se habían convertido ahora en sucios marineros que comían espagueti y hacían contrabando de cigarrillos. Decepcionado del piélago y de la tripulación, mi único entretenimiento era observar a los pasajeros. Descubrí, entonces, al extraño hombre enlutado que viajaba en primera. En todos los barcos hay siempre un pas…