"La primera nevada", de Julio Ramón Ribeyro
Los objetos que me dejó Torroba se fueron incorporando fácilmente al panorama desordenado de mi habitación. Eran, en suma, un poco de ropa sucia envuelta en una camisa y una caja de cartón conteniendo algunos papeles. Al principio no quise recibirle estos trastos porque Torroba tenía bien ganada una reputación de ladronzuelo de mercado y era sabido que la policía no veía las horas de ponerlo en la frontera por extranjero indeseable. Pero Torroba me lo pidió de tal manera, acercando mucho al mío su rostro miope y mostachudo, que no tuve más remedio que aceptar. – Hermano, ¡solo por esta noche! Mañana mismo vengo por mis cosas. Naturalmente que no vino por ellas. Sus cosas quedaron allí varios días. Por aburrimiento observé su ropa sucia y me entretuve revisando sus papeles. Había poemas, dibujos, páginas de diario íntimo. En verdad, como se rumoreaba en el Barrio Latino, Torroba tenía un gran talento, uno de esos talentos difusos y exploradores que se aplican a diversas materias, pero so…