Los últimos veranos de Julio Ramón Ribeyro Por Abelardo Sánchez-León Nos calmamos pensando que los últimos dos o tres veranos de Julio Ramón en Lima fueron lo mejorcito de su vida. Estábamos molestos porque justo le daban el Premio Juan Rulfo en un momento en que su salud le impedía asistir. Y gozarlo, claro. Y cobrarlo. Pero nos calmamos pensando que su departamento en Barranco mirando al mar era un justo premio a toda una vida dedicada a la literatura y extrañando, por supuesto, al mar. Había logrado establecer una rutina que le daba una enorme satisfacción y la lucía en su cara, en una cara donde la enfermedad surgía, de a pocos, agazapada. Una rutina sencilla. Durante esos últimos años tuvo tiempo para la amistad, pasear, mirar a las muchachas, y enamorarse. Era un muchacho travieso en el buen y exacto sentido de la palabra. Nos calmábamos pensando que su vida, en los tramos finales, era casi un empate: ni victorioso ni derrotado, yacía en un hospital en el instante mismo en que cogía lo que la vida le ofrecía. El final de s…